lunes, 17 de diciembre de 2012

LISBETH SALANDER EN BAILÉN. Publicado en el nº 105 de Bailén Informativo



Lisbeth Salander, la protagonista de la exitosa serie literaria MILLENNIUM, del autor sueco Stieg Larsson, visitó recientemente la ciudad de Bailén, como parada y fonda obligada en su periplo hacia Gibraltar, donde tiene fijada su residencia la empresa que la joven hacker nórdica ha creado para gestionar su enorme patrimonio, de procedencia conflictiva, o cuanto menos dudosa.





En las zonas aledañas al Hotel Bailén, se prestó a que la fotografiáramos, a pesar de su carácter huidizo y un tanto frío, lo que no nos pilló de sorpresa, pues éramos conscientes de su enorme popularidad, tanto en el cine como en los ruedos literarios. De hecho, nos resultó un ser de ficción, ajeno a todo lo mundano que nos rodeaba. Nos comenta, en un más que aceptable castellano, que desde su terrible experiencia en La Chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, que la convirtió en el personaje más buscado -y tal vez odiado- de Suecia, por el terrible asesinato del periodista que trabajaba para la revista Millennium, y de su esposa embarazada, que le imputaban la policía y los medios de comunicación, que más tarde resultó un execrable error, no era demasiado amiga de aparecer en los medios, pero que esto era distinto -al menos así nos lo manifestó con anterioridad a la sesión fotográfica-, puesto que, por una parte, estaba suficientemente alejada de su tierra natal, y por otra, se plantea seriamente establecer su residencia en Andalucía, cerca del mar y de nuestro sol, de ahí que acceda a posar de aquellas guisas para la revista Bailén Informativo y conversar con el equipo de redacción de la revista. Incluso se atreve, en un ambiente distendido, emocionalmente serena, a bromear con nosotros, estableciendo un paralelismo entre nuestra publicación y la revista Millennium, por aquello de la periodicidad trimestral y los contenidos de investigación, algo que los redactores allí presentes no nos imaginábamos, devanándonos los sesos por encontrar un paralelismo que al final nos fue esquivo.





Lo cierto es que, cara a cara, Lisbeth nos parece más alta y más delgada que como la recordábamos de la gran pantalla, si bien no se nos escapa que las imágenes en el cine y en la televisión tienden a presentarnos a los personajes más bajos y gruesos. También nos sorprende la palidez de su rostro, en contraste con sus encarnados labios, y una melena más abundante que en sus últimas apariciones en el celuloide. Incluso nos atreveríamos a decir que infinitamente más bella, aunque eso tal vez sea por el acercamiento y el cara a cara, pues en las distancias cortas gana muchos enteros.





A Salander la recordábamos arisca, o al menos así nos la presentaba la primera parte de la saga novelística, Los Hombres que no amaban a las mujeres: nada más lejos de la realidad. Con el gesto y las palabras aparece un personaje distinto a aquella muchacha punki de vestimenta gótica que cautivó desde su subversión y violencia a toda Europa y después al resto del mundo. Ahora es distinta, algo más moderada, y no solo en el vestir, sino en el semblante, en las formas. No tan tachonada de piercings, con determinados tatuajes excesivamente visibles eliminados por completo, aunque otros más ocultos los conserva -según nos cuenta, aunque no los enseña-, si bien ha conservado al más reconocido de todos ellos, su dragón. Más recatada, más integrada socialmente, palabras que nos confiesa le aterran, aunque entienda que las usemos en el transcurso de la sesión.






La mirada perdida a lomos de su imponente motocicleta custom, sobre la que ha surcado de norte a sur la vieja Europa. Con el fondo improvisado de una vieja y abandonada maquinaria industrial del antiguo Parador de Bailén. Todo en ella es natural, salvo tal vez la forzada sonrisa que nos dedica por unos instantes, pues es aún pronto para olvidar las experiencias vividas por esta Reina en El Palacio de las Corrientes de Aire y que le marcaron de por vida. Otra cuestión será la fuerza interior que surge de ella.




Algunos más osados nos atrevemos a preguntarle cuándo volverá por estas tierras inundadas de olivos, incluso si se plantea establecer algún tipo de actividad por estas latitudes. Nos mira y, regalándonos la última y más sincera de sus sonrisas, se enfunda en el cuero y se despide con un simple “Hasta Luego”, lo que nos deja de improviso aturdidos, como si hubiéramos recibido un golpe seco en el mentón. Yo, sin embargo, sé que el “hasta luego” encierra una promesa que muy pronto nos será desvelada.




Texto de  Manolo Ozáez para Bailén Informativo






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