viernes, 2 de noviembre de 2012

"CRISIS?, WHAT CRISIS?". Artículo de Manolo Ozáez para el nº 101 de BAILÉN INFORMATIVO

CRISIS?, WHAT CRISIS? (publicado en el nº 101 del Bailén Informativo)

Por Manolo Ozáez 

En el año 1975 Supertramp nos deleitaba con su cuarto álbum denominado con el título CRISIS? WHAT CRISIS? -“¿Crisis? ¿Qué crisis?”, vendría a ser-. A conciencia hemos querido rescatar la frase para ilustrar este artículo en el contexto que se produce.

Desde el año 1975 en que el mundo se vio sacudido por una terrible sacudida económica debido a los abusivos precios del petróleo, han sobrevenido, al menos para Bailén, de tres a cuatro crisis, incluida la actual. 

Unas, decían, eran derivadas de los precios de los combustibles, salarios, tipos de interés bancario, a los que añadir una caída de la demanda de los materiales de construcción. Otras, radicaban en el envejecimiento de las infraestructuras empresariales: tejares obsoletos e improductivos, contaminantes, en definitiva, no reconvertidos. En otros casos la situación de crisis sobrevino por el desinflamiento de la burbuja especulativa inmobiliaria, que entre todos habíamos ayudado a inflar, y a la escalada de los precios de las promociones urbanísticas que eran imposible pudieran aumentar más. O lo que es lo mismo, la lógica y periódica saturación del mercado.

En ésta, dicen los economistas y los oráculos del mundillo financiero, se han dado cita, en un principio, varias circunstancias adversas. A saber: la escalada de los precios de los carburantes procedentes del petróleo, la desconfianza interbancaria, la caída del consumo y por último el reventón -no desinflamiento- de la burbuja inmobiliaria.

En la calle del medio, a los de a pie se nos ocurren diversas preguntas capciosas, cuales son: ¿No existen energías alternativas, totalmente desarrolladas tecnológicamente, que sustituyan al petróleo? ¿No es cierto que hace más de cincuenta años que se inventaron los vehículos con energía eléctrica? ¿Qué en la actualidad estamos en posición de adoptar otras fuentes como el sol, los vientos, el agua, los alcoholes, los desechos biológicos reciclados, y demás elementos de la naturaleza? ¿Qué esperamos para desarrollarlos y romper esa dependencia del petróleo?

Volviendo a las causas y a los efectos de la actual crisis económica, nos preguntamos todos: ¿Quién entiende que hace escasos siete meses las entidades financieras te concedieran créditos hipotecarios o al consumo que cubrían en ocasiones el 120 % del bien adquirido y ahora se nieguen al 90 % de los mortales los necesarios créditos, sostén de la economía? Ahora más que nunca se hacen proféticas las palabras del Nobel José Saramago cuando afirmaba que es mentira que el poder resida en los políticos o en el pueblo, pues está en manos de las grandes entidades financieras y multinacionales de la industria del orbe, que ponen y quitan gobiernos, que legislan veladamente en función de sus intereses económicos y no en beneficio de los ciudadanos.

Más de uno se cuestiona si no es inmoral que entidades financieras como el Banco Santander Central Hispano, a través de su presidente Botín presente unos beneficios para el ejercicio 2008 de 8.876 millones de euros, tildándolos de excelentes, o que el BBVA le presente a la Comisión Nacional del Mercado de Valores y a sus accionistas un beneficio neto para el mismo ejercicio de 6.126 millones de euros. Pero podríamos seguir facilitando más datos. Por ejemplo, La Caixa presentó sus beneficios netos para el 2008, que fueron de 1.802 millones de euros, según su presidente Isidro Fainé. Caja Madrid lo presentó menor, por importe de 840 millones de euros. Según publicaba el periódico ABC el 22 de noviembre de 2008, las cajas de ahorros andaluzas (Unicaja, Cajasur, Caja Granada y Caja de Jaén), “registraron en los primeros nueve meses del año 2008 un beneficio neto atribuido de 555,57 millones de euros”. Con estos datos, más de un pequeño, mediano y gran empresario, a los que cualquiera de estas entidades le han negado los créditos fundamentales para afrontar los pagos de proveedores, las nóminas de sus trabajadores, los impuestos, los vencimientos de las hipotecas; que además le han reducido o anulado la línea de descuento de crédito, a la vez que le suben los gastos por gestión, por transferencias, por negociación, y demás, se siente con el derecho a lanzar al cielo el grito de “sinvergüenzas”, de denunciar el delito de usura, y por supuesto de vivir de espaldas a la situación económica de los ciudadanos.

El trabajador que han despedido de la empresa, o que no le han renovado el contrato, y que malvive con el salario de ayuda del desempleo, en el caso de que ostente tal derecho, y que tiene la obligación de afrontar mensualmente el pago de la hipoteca que el banco o la caja le metió por los ojos en un momento de bonanza económica, animándole a que comprara, a que consumiera, a que se entrampara, y que ahora le dice que cuando acumule tres cuotas impagadas le iniciarán el expediente de embargo de la casa, del coche o del aparato de televisión, cuando se entere de los números que presentan como beneficios las entidades que ahora le niegan el pan y el agua, y que no son miles o cientos de millones de pesetas, sino de euros, frente a la situación de crisis de la industria y del comercio, probablemente no entienda lo que está pasando en este país, o en cualquier otro país de nuestra civilizada Europa o de Norteamérica.

Y no decimos que la culpa de la actual situación la tengan única y exclusivamente las entidades bancarias y financieras por cerrar el grifo de los créditos y de la financiación, pero evidentemente, a ojos de quien no está ciego, son los grandes responsables, lo principales.

Evidentemente los gobiernos, español, europeos y del resto del mundo, también son responsables, pero su responsabilidad nace de la inanición en los momentos de bonanza económica, que permitieron que los ciudadanos, que las empresas, que las propias Administraciones Públicas, estuvieran en manos de los colosos del dinero, que no crean riqueza, puesto que su función es cambiar de manos el dinero y la moneda circulante, pero que ahogan y asfixian a su antojo. Esa es la responsabilidad de las Administraciones, que les debe de obligar a revisar el modelo económico de los países supuestamente civilizados, pues nunca tuvimos más dependencia que la que actualmente existe. ¿Quién no paga con la tarjeta las compras en los establecimientos comerciales, en los restaurantes, en las gasolineras? ¿Quién no adquiere su vehículo mediante financiación de un tercero? ¿Quién no adquiere su vivienda mediante largas y tormentosas hipotecas que nos amarran de por vida a la silla del director de la banca? Cuando no financiamos las vacaciones, el televisor, los muebles o la ortodoncia de los hijos. Y de golpe, ¡zas!, te interrumpen el suministro. Las consecuencias ahí las tienen ustedes.

El ejemplo, en otro ámbito lo vivimos hace algunas décadas cuando la dependencia del combustible y del petróleo era total. En el momento en que subieron de forma abusiva los precios, o cortaron el suministro, se produjo la irremediable crisis económica. Ahora vivimos parecida situación, si bien el suministro interrumpido no es el petróleo, sino el dinero.

La solución, que no es fácil, por supuesto, la da la propia situación, cual es establecer mecanismos, en este caso por todos los países del mundo, que limiten esa dependencia, que obliguen a la banca privada con criterios razonables. En definitiva, legislar pensando en los ciudadanos y en nuestras empresas y no en los vergonzosos beneficios que nos presentan, restregándonoslos por la cara en una difícil coyuntura económica, lo que lo hace aún más inmoral a ojos vista. Como es lógico, esos resultados no se apreciarán de forma inmediata, pero evitarán que volvamos a estar en un futuro en manos de aquellos a los que, aparentemente, no les preocupa el bienestar del ser humano, pues se suelen esconder detrás de sus números, de sus índices de morosidad, ratios de solvencia, y un sinfín de lexicografía que únicamente persigue confundir al profano, pero que no engaña a nadie.

El propio presidente de Estados Unidos, Barack Obama, en su primera comparecencia ante los medios, textualmente, culpa a los bancos de la crisis económica que vive su país: “Lo que nos ha metido en este lío han sido los riesgos exorbitantes asumidos por los bancos en títulos dudosos con el dinero de otros”.

No obstante, salvando las distancias geográficas y las magnitudes sociales, la situación en Bailén se hace especialmente más grave por cuanto nuestra mayor dependencia del sector inmobiliario, fuertemente castigado por la falta de financiación del sector bancario, como consecuencia de ello la carencia de demanda, y por ende el anunciado desinflamiento de los precios por metro cuadrado, que a nadie le pasa desapercibido que se habían vuelto excesivos, hacen que sea una de las poblaciones donde la crisis económica actual se haya cebado con más ahínco. De ahí que también se haya retirado más bruscamente la concesión de créditos en las entidades de la localidad. Otros sectores, tocados directamente por la crisis, como es el de la cerámica artística, el comercio, la automoción o la restauración, o indirectamente por la falta de demanda de las fábricas de ladrillos como es el transporte, el comercio de materias primas, el sector servicios o las industrias auxiliares, no han podido suplir la cobertura del empleo o contribuir a aumentar los números de producto interior bruto local. 

Se preveía que, aun no siendo un excelente año para la cosecha de la aceituna, al menos durante dos meses los efectos devastadores de la crisis no se dejarían notar con tanta virulencia, pero, la llegada de las ansiadas lluvias no podrían haber elegido peor momento para los bolsillos de las familias con menos recursos económicos, las cuales elaboraban sus presupuestos en función de los jornales que dedicaran a la recolección de la aceituna. Como postulaba la Ley del ingeniero Murphy: “si algo puede salir mal, saldrá mal”. En mi pueblo lo explican de otra manera: “Si monto un circo me crecen los enanos”.

Frente a tan malos augurios, no queremos cerrar estas reflexiones de una manera trágica, sino constructiva, de ahí que apuntemos algunas cuestiones que habrá que tener en cuenta para mejor capear la crisis. En primer lugar hemos de pensar que en ocasiones las crisis están más en la mente que en la realidad. Está demostrado que cuando un rumor se lanza, éste corre como reguero de pólvora, convirtiéndose al final en verdad. Por ello es importante el tomar una actitud positiva ante la situación, y frente a los agoreros y desesperados, oponer lo favorable, lo alegre, lo positivo: no alimentar nunca al lobo de los infortunios.

Pensemos que si negativizamos nuestras respuestas hasta el extremismo, creamos dudas entre aquellos que están dispuestos a invertir sus ahorros o sus beneficios, retrayéndolos, por lo que en ese momento contribuimos a paralizar la actividad. No se nos olvide que existen actividades que se benefician ante coyunturas de crisis o negativas, surgiendo nuevas empresas que encuentran un nicho de negocio donde otros no lo vemos. Ni que decir tiene que las situaciones límite agudizan nuestros sentidos, convirtiéndonos en mejores empresarios, pues esa es la diferencia de un buen empresario y el que no lo es: que el primero intenta afrontar el problema que a diario le plantea su negocio, y el otro simplemente era un oportunista en momentos de una economía favorable. A buen seguro que cerrarán negocios ante los primeros embates de falta de liquidez o bajada en las ventas, pero también es cierto que aquellos que sepan resistir la tempestad, se posicionarán con más fuerza para el futuro, pues habrán eliminado a multitud de competidores que no volverán a ejercer la misma actividad. 

En el sector del comercio y en el de los servicios ha habido “despachadores” y empresarios, por lo que cada uno deberá de encontrar su lugar entre éstos. Ahora prima, como siempre había ocurrido, atraer al cliente, cuidarlo, mimarlo, poner imaginación en la presentación de nuestros productos, pues hasta ahora no era tan importante, pues, como dicen algunos, “se vendían los productos solos”. Ahora requiere un mayor esfuerzo y demostrar de qué pasta están hechos los empresarios.
Tendremos que revisar las fórmulas de pago, las de cobro, los sistemas de aseguramiento, los contratos de trabajo, los tipos impositivos, los intereses bancarios, las mejores ofertas en telefonía fija y móvil, los precios de nuestros consumibles, la calidad de nuestros proveedores, pues el momento lo exige. Debemos intentar rebajar nuestros gastos fijos, y no siempre tendrá que ser a costa del empleo, pues en la mayoría de los casos el trabajador nos genera beneficios por su trabajo.

Hemos de pensar que “no hay mal que cien años dure”, puesto que tenemos la experiencia de varias crisis soportadas de las que salimos reforzados y con la lección aprendido, que si bien fueron en sus planteamientos y en su raíces distintas, nos reportaron enseñanzas que debemos de aplicar en ésta.

Y, por último no se nos olvide que a pesar de los impagados, de las dificultades para llegar a final de mes, de la posibilidad de que este año nos quedemos sin vacaciones, de no poder darle a nuestros hijos los caprichos que nos gustaría darles, lo más importante no es el dinero, a pesar de la ayuda que supone, sino que siempre y por encima de todo estará la salud de nuestros hijos, de los familiares y de los amigos, y que cada noche cuando nos acostemos estemos satisfechos por las decisiones tomadas y por las vivencias disfrutadas, señal inequívoca de que lo demás lo hemos convertido en secundario y anecdótico.


Manolo Ozáez para la redacción de BAILÉN INFORMATIVO

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